El silencio martillea tus
oídos. Hay tal tranquilidad que por un instante piensas que el mundo se ha
acabado y tú has tenido la mala suerte de no enterarte. Pero no caerá esa
breva, no. El globo azul continúa girando, con todos sus habitantes. Y te encuentras
con que el único ser vivo cerca de ti, eres tú. Miras por la ventana y ves la
ciudad abarrotada de gente, tomando un café con gente a la que quieren en la
terraza de un bar. Oyes sus risas a lo lejos. Llueve, tanto en la calle, como
en tus ojos. Decides apartar la mirada de esa vida que te gustaría vivir.
Enciendes la radio y te tumbas en la cama. Entonces suena esa canción. La banda
sonora de unos recuerdos que sabes que, con melodía o sin ella, jamás dejarás
al olvido. Te sientes vacío. Asqueado de la vida. Y desearías que las cosas
fueran diferentes. Y te odias. Te odias con todas tus fuerzas. Las paredes de
la habitación se hacen pequeñas a tu alrededor, y el mundo, demasiado grande.
La soledad que sientes te araña el corazón, y las mariposas que sentías están
tan indignadas y han montado tal jaleo en tu estómago que han decidido emigrar
hacia Dios sabrá dónde. A las entrañas de otro ser vulnerable al amor, tal vez.
O simplemente, quieren dejar de vivir en cautividad. El caso es que, a pesar de
estar destrozada y en ruinas, llegará esa persona, quizás un médico capaz de
curar el sufrimiento y el dolor, o puede que un arqueólogo capaz de ver belleza
en esas ruinas olvidadas y abandonadas. Ese día, las mariposas regresarán a tu
tripa, esa canción no será más que un conjunto de acordes, esas risas que
retumban en la calle, serán tus propias carcajadas, y cuando llueva sabrás
disfrutar de la lluvia. Hasta entonces, tienes que aprender a convivir con el
dolor. Y alegrarte de ese dolor, ya que es la prueba irrefutable de que ese
corazón con cicatrices sigue latiendo en tu pecho. Y eso, ya es un motivo para
celebrar. Así que a vivir la vida, que son dos días y ya vamos por el segundo.
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